Comenzar el curso con una bienvenida distinta. La exposición me pareció ligera, cuadros con contrastes entre un simbolismo cargado pero no redundante, y una visión distinta sobre la vida y el transcurso de las circunstancias.
Entras y ves un vestido, que parece de princesa, pero ahí colgado, que te invita a entrar, te dice "no te pongas cómoda, pronto saltarás tu también". Y en un instante me sumerjo yo bajo ese vestido y miro mis pies y el tablón, luego al espacio, al vacío, y me siento así también, un poco agobiada.
Y recorro la sala entendiendo porque me veo a mi dentro de ese faldón verde, si hay otra persona desdibujada con pinceladas expresivas e imprecisas, que te susurran los caminos de una mujer que ha tenido firmes pasos y tambaleos continuos, lo miro fijamente y con un asentimiento de cabeza expreso que yo también me he sentido así.
Casi al salir veo un círculo y las plumas negras de ese cuervo que nos ha perseguido durante toda la visita, sobre un fondo azul, como el agua del mar, y como el que surca ese barquito blanco. El círculo se cierra, todos los círculos lo hacen, igual que mi viaje hacía la misma puerta por la que entré, por la que después saldré, y entiendo la metáfora, que toda vida es un viaje, pero todos debemos volver de él, al lugar de donde partes.

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